La isla de La Palma, el volcán y los Enanos

El relato detrás de la ceniza

por Anelio Rodríguez Concepción

En La Palma no hace mucho explotó un volcán, el último hasta ahora de una larga serie que descuella en el paisaje cambiante. Irrumpió escupiendo fuego por varias bocas, y se desmelenó a gusto, por supuesto ocasionando estragos. Los habitantes de la isla, desde siempre dispuestos al sacrificio que impone la Naturaleza con mayúsculas, soportaron este cataclismo como la enésima señal de su destino en medio de la mar océana: por alto que sea el precio de vivir en el paraíso, se paga a conciencia con probidad heroica –hasta tal punto lo merece–. El caso es que ese nuevo volcán se pasó de cruel tanto en el encadenamiento como en la duración de sus emanaciones, y por ello la gente, siguiendo el ejemplo transmitido durante siglos entre ancestros sin nombre, tuvo que apelar al sentido de la solidaridad. Así, la entereza de una isla pequeña, acaso perdida, como a la deriva, acabó causando asombro en los cuatro puntos cardinales. Desde pronto el mundo fue testigo de lo terrible de la situación; se estremeció con su devenir y celebró el proceso final, el de la vuelta a la paz que ya había antes del primer estallido en Cumbre Vieja, como prueba de que el dolor nunca consigue hacerse infinito. Sin embargo, llegado el momento, nadie supo cómo se produjo realmente la derrota del volcán, abocado al colapso por los excesos de su propio arrebato. Ese apagado se explica en pocas palabras: los Enanos de la Virgen de Las Nieves, quizá los habitantes más portentosos de La Palma, por no decir los más mágicos, unieron sus sentimientos de tristeza ante el encono continuado de la lava y las nubes de ceniza. Con un nudo en la garganta, sin decir ni pío, los Enanos cada día contemplaban el desastre convirtiendo sus pensamientos en conjuros. Ese vínculo de fuerzas emocionales acertó a contrarrestar las potencias telúricas que bullían bajo tierra. De manera que, gracias a la ternura de unas criaturas envueltas en misterio, la energía positiva de los afectos obró un prodigio de la termodinámica que raras veces se prodiga más allá del ámbito de los mitos. Ya desde entonces comprendemos que todas las personas de buena voluntad, e incluso los personajes creados por el ensueño colectivo, pueden revocar la indiferencia del Universo. Les basta con imaginar cómo se disipan el vacío y el fuego en un inagotable surtidor de esperanza.